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“Nada se compara con servir al Señor”



Ni sus éxitos laborales ni sus satisfacciones como dirigente deportivo le han generado tanta emoción a Eduardo Pacheco Wall como los encuentros humanos –testimonios de fe- que ha vivido, cumpliendo su servicio de ministro extraordinario de comunión, parroquia Apóstol Santiago, en la Zona Oeste.


En la misa del primer aniversario de muerte de su mamá, hace casi 15 años, el párroco –que lo conocía bien y hacía tiempo- le pidió a Eduardo Pacheco Wall (70 años, casado, dos hijas) que entregara la comunión a sus hermanas. Esa emoción marcaría un antes y un después en su vida: se preparó durante un año para ser ministro y a ello dedica importante parte de su tiempo. 

Durante más de una década ha visitado hospitales, barrios, hogares de tercera edad, cárceles, además de templos, anidando en su corazón una gran cantidad de experiencias impactantes, de gran fe y testimonio. Ello mismo le lleva a tener una particular relación especialmente con los ancianos. “El anciano debe estar consciente de que tiene aún un futuro por construir, porque todavía no se ha agotado su tarea misionera”, comenta.

“Caminar con los ancianos, tenerlos en cuenta, visitarlos, orar por y con ellos, es un deber de todos. Ha llegado el tiempo de comenzar a actuar con miras a un efectivo cambio de mentalidad respecto a ellos, y darles el lugar que les pertenece. Los ministros deben hacer lo posible por ayudar al anciano a vivir su vejez a la luz de la fe, y a descubrir por sí mismo, el valor de los recursos que todavía está en condiciones de poner al servicio de los demás. El enfermo lo que más anhela en su lecho es la visita del Señor mediante la Sagrada Comunión”, añade. 

-¿Qué experiencias le han marcado como ministro?
Durante mucho tiempo atendí el hogar San Vicente de Paúl, hasta que se cambiaron de casa. Todos los domingos las abuelitas esperaban la santa comunión, y después de la pequeña liturgia conversábamos algunos minutos, sobre lo que el Señor nos quiso decir en el Evangelio y temas varios. Hace aproximadamente un mes, me llamó la coordinadora del hogar y me contó que una de las señoras que estaba muy enferma le pidió que me transmitiera un mensaje. “Dele las gracias a don Eduardo porque él me acercó al Señor y me enseñó a conocerlo muy bien”, le dijo, y falleció pocas horas después.

En otra ocasión, al iniciar una charla bautismal, una señora me pidió que asistiera a su mamá que estaba en sus últimos momentos. Yo, sabiendo que estaba muy mal, me acerqué al tabernáculo, saqué la hostia consagrada y me fui a la casa de la enferma. Le suministré el viático, invité a rezar a todos lo que estaban en su pieza, y al final les pedí que me dejaran solo con la señora. La ayudé a orar con mucha fe y quedó muy tranquila después de una linda conversación. Me despedí y volví a la charla que no había iniciado. Antes, sin embargo, recibí una llamada de la señora, llorando, contándome que al cerrar la puerta de vuelta a hacia la parroquia su mamá falleció. 

-También ha acompañado a los privados de libertad
Sí, es parte de nuestra labor como ministros. Con ellos, yo he tenido una linda e inolvidable experiencia que deseo compartir. Como era mi costumbre visitar a presos, un día me llamó el padre Armando, invitándome a participar en la misa del domingo próximo. 

La cita era a las 10:00 horas. 30 minutos antes, llegué al recinto carcelario, el cual estaba totalmente lleno de reclusos, unos 300 que colmaban las graderías y la cancha misma. El coro de reclusos estimulaba a los presentes con lindas canciones religiosas. Minutos antes de la hora señalada, me revestí y esperé al sacerdote para comenzar la ceremonia. Mi sorpresa fue cuando me avisaron que el padre no podía asistir y pidió que el ministro hiciera una liturgia. 

Me encomendé al Señor, les di las explicaciones del caso, señalándoles que no habría comunión sacramental sino espiritual. Les hice saber lo importante que es la presencia del sacerdote, ya que sin la presencia de ellos no hay misa. 
Pese al temor, la liturgia resultó muy linda, ya que los reclusos participaron activamente y ayudaron mucho. Lo más lindo fue cuando rezamos el Padrenuestro y, especialmente, cuando recibieron la comunión espiritual. Yo les pedí con mucho respeto: “Por favor, cierren sus ojos y repitan conmigo: Creo, Señor, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Quisiera recibirte en mi corazón…” Los 300 respondieron con fuerza y a toda voz lo mismo: “Ven espiritualmente Señor…” y siguieron repitiendo cada vez más fuerte y con más emoción. Mi piel se erizó y mi corazón hinchado se me salía de alegría y gozo viendo que esas personas que no están en libertad también estaban felices de recibir de mi parte el Cuerpo de Cristo en forma espiritual, se alimentaron con su amigo Jesús, quien los acompañará en su triste soledad y a quien le piden con desesperación que su libertad llegue pronto.

De algunos presos recibí muchos “pedidos” especialmente para llamar a sus esposas e hijos. Todos los recados llegaron a sus destinos.

-¿Qué significa para usted ser ministro extraordinario de comunión?
Confieso que para mí lo más importante en la vida es hacer lo que estoy haciendo, un servidor del Señor. Ayudar a mis hermanos enfermos, a los niños, a los ancianos que están solos, tristes y abandonados, a las personas que están en los hospitales, consolar y rezar por los enfermos, llevarles a la Santa Comunión, servir a la parroquia y principalmente ayudar en todo, y con absoluta fidelidad y lealtad, al sacerdote. En mi vida laboral y deportiva he tenido muchos cargos importantes y significativos, pero nada se compara con servir al Señor.

-¿Cómo sobrelleva la cercanía con el dolor que viven los enfermos?
Cristo invitó a sus discípulos a seguirlo tomando a su vez su propia cruz, adquiriendo una nueva visión sobre la enfermedad, y sobre los enfermos. Los hace participar de su ministerio de compasión y curación. Nosotros los ministros debemos imitar y aceptar esta invitación del Señor.

Fuente: Comunicaciones Santiago
www.iglesiadesantiago.cl